TU AMOR, MI VENENO. Una esposa estéril para el magnate
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 Buenovela 

Me culpan por no tener hijos durante muchos años, siempre me consuelas, pero ¿por qué? ¡Porque eres estéril, tú y toda la familia lo saben!
CAPÍTULO 1. La peor Cenicienta
"Frágil, pero no soy débil". Elisa se lo repetía constantemente intentando de calmarse.
Delgada, pálida y pequeña, pero su carácter no lo era. Prueba de eso era que mientras se arreglaba a toda prisa, solo podía pensar en lo viciosa que era su cuñada por haberle elegido un vestido dos tallas menos que la suya para la reunión más importante de esta noche.
Elisa sentía que se asfixiaba, que apenas podía respirar, pero ya no había tiempo para cambios, así que se calzó los tacones y corrió escaleras abajo para encontrarse justa con la “bruja menor”.
—¿A esta hora te apareces? —la increpó Joanne molesta—. ¡Y mira cómo vienes! ¿Crees que ese es el aspecto que debe tener una futura condesa?
Elisa se tocó el cabello y la cara instintivamente. Creía que se había arreglado bien, solo que no había tenido tiempo para peinados elaborados y se había dejado el cabello suelto.
—Estaba dejando todo listo para la cena, Joanne, no puedo estar en dos lugares a la misma vez.
—Pues esta es una velada importante para Alton. Si no eres capaz de llevar toda la responsabilidad de ser su esposa, entonces debiste quedarte en la cocina —graznó su cuñada.
Elisa estaba a punto de responderle cuando una voz se escuchó tras ellas y sintió la mano de Alton alrededor de su cintura.
—Joanne, deja de molestar a mi esposa —siseó él con tono neutro—. Estoy seguro de que esta noche será maravillosa, y tú, amor, te ves increíble, estás muy bella —le dijo Alton con esa sonrisa que la había conquistado desde el primer día—. No le hagas caso a Joanne que siempre es un poco molesta. Recuerda que mañana tienes un día importante con el doctor y no quiero que vayas estresada.
Elisa asintió abrazándolo.
—Sé que me demoré en la cocina, pero solo quería que todo fuera perfecto esta noche.
—No te preocupes, estoy seguro de que te encargaste de todo muy bien.
Alton le ofreció su brazo para entrar al salón como los anfitriones y Elisa se colgó de él mientras su cuñada le dirigía una mirada asesina. Joanne la odiaba porque Elisa ocuparía, aunque fuera por matrimonio, un título que ella ansiaba para sí misma: el de condesa de Brickstow.
Alton y ella entraron en el gran salón y comenzaron a recibir a los invitados, venían de todo Londres y más allá, veinte inversionistas mayores a los que su esposo quería involucrar en la explotación del tungsteno en Asia.
Elisa fue amable y educada con todos y muy pronto se dirigieron a la mesa del banquete. Cena de siete tiempos servida bajo la aguda mirada de la “bruja mayor”: su suegra. La expresión de Adalin de Brickstow se relajó cuando los invitados comenzaron a alabar la comida, sin embargo, Elisa no podía relajarse.
Aquel vestido la estaba asfixiando, apenas podía probar la comida o beber agua. ¡Qué demonios, apenas podía respirar! Prácticamente estaba concentrada en mantenerse viva cuando escuchó al voz chillona y sutil de su suegra.
—¿No le ha gustado este plato, señor Black? No lo ha tocado.
Los ojos de Elisa buscaron desesperadamente al hombre que iba a responder, y cuando despegó los labios quiso que la tierra se la tragara. Era el motivo de aquella velada, Kainn Black.
—Me disculpo, señora condesa, pero no como carne roja —respondió él con educación y su suegra la miró con tanto reproche que ella casi se echó a temblar.
—Al contrario, yo soy quien se disculpa, señor Black —dijo Elisa con voz entrecortada—. Enseguida mandaré a prepararle algo diferente...
—Señora Harlow. —El hombre la interrumpió y Elisa sintió que enmudecía cuando él la miró a los ojos. Tenía una mirada oscura y penetrante. —Por favor, no se moleste. La cena es excelente y yo como muy poco, seis platos son más que suficientes para mí.
Sonreía, él sonreía con una suavidad desconcertante y ella sintió un escalofrío cuando sus ojos se detuvieron en su boca. Era… era…
Asintió en silencio, desviando la mirada y acomodándose de nuevo en su silla. Sin embargo, sabía que aquel error le costaría caro y lo peor: no era su culpa, Joanne era la que le había dado las especificaciones de comida de todos los invitados ¡y no había incluido nada que el más importante no comía carne roja!
Apenas terminaron los postres, las mujeres se fueron al salón a charlar y los hombres se marcharon a la biblioteca a hablar de negocios. Elisa sintió que una mano la tomaba bruscamente del brazo y la arrastraba hacia el jardín.
"Detrás de los setos, para poder gritarme a gusto como siempre", recordó con ojos en blanco.
Durante mucho tiempo Elisa se había sentido como una Cenicienta moderna. "Futuro Conde de Brickstow se enamora de una plebeya", había salido en los titulares. No era tan crudo, el padre de Elisa había amasado una fortuna digna, pero sí era cierto que ella no pertenecía a la nobleza, y aun así Alton había defendido su amor hasta llevarla al altar. Sin embargo, desde hacía un año, Elisa había dejado de sentirse como Cenicienta y realmente había empezado a parecerse a una… y no en el mejor sentido.
—¿¡Cómo puedes ser tan inútil!? —la increpó Adalin—. Kainn Black es el hombre con quien Alton quiere hacer negocios. Solo es un ricachón sin nobleza, pero es el dueño de las mayores minas de Birmania, ¡y tú lo dejaste sin cenar por tu culpa!
Elisa negó con un suspiro.
—Lo siento, estuve todo el día metida en la cocina preparando una cena de siete platos para cincuenta personas. Pero no fui yo quien cometió un error. ¿Cómo iba a saber que no comía carne roja si Joanne no lo puso en la lista de alimentos?
—¡No te disculpes! ¡Siempre tienes una excusa para todo! ¡Así no llegarás a ser la condesa de Brickstow...! —se detuvo por un momento y la miró con desprecio—. ¡Pero la verdad es que no lo serás de ninguna manera si no consigues darle un hijo a Alton!
Elisa cerró los ojos y encajó el golpe, sabía que el Título necesitaba un heredero, y que a su suegra le gustaba recordarle que en tres años ella no había sido capaz de engendrar uno.
—Mañana iré al médico de nuevo... —murmuró Elisa—. Me harán otra prueba...
—¡Pueden hacerte todas las que quieran, igual ya sabemos el resultado! —ladró su suegra—. ¡Eres estéril! ¡Eres una mujer estéril que jamás estará a la altura de mi hijo, así que agradece que te dejemos quedarte aquí, agradece que Alton no te eche a la calle, y procura quedarte en la cocina donde yo te vea lo menos posible, porque al final ese es tu verdadero lugar!
Con un empujón Adalin la hizo a un lado y entró a la casa mientras Elisa se quedaba en el jardín, con los ojos llenos de lágrimas.
—Al menos el señor Black se portó como un caballero —siseó entre dientes con impotencia mientras empezaba a llorar—. ¡El ricachón sin nobleza tiene más educación que tú!
Pero las lágrimas y aquel vestido no hacían buena combinación. El aire se le escapaba y pronto el mundo comenzó a oscurecerse de un modo raro. Abrió la boca y trató de respirar, pero algo no la dejaba. Sus dedos intentaron abrir desesperadamente el vestido, pero no lo logró.
No sintió cuando sus rodillas cedieron, solo unos brazos recios que la sostenían y la hierba bajo su espalda.
Arriba estaba el cielo... y bajo el cielo estaban los ojos oscuros, de Kainn Black... y en su mano un cuchillo.
“¿Qué vas… qué…?”
CAPÍTULO 2. Heridas dolorosas
Un segundo. Solo un segundo le bastó a Kainn para darse cuenta de que algo iba mal. Los insultos fueron sustituidos por sollozos, los sollozos por jadeos desesperados y luego ella peleaba contra el corsé de su vestido antes de balancearse peligrosamente hacia el suelo.
La alcanzó en dos pasos y la sostuvo contra su cuerpo viendo cómo sus ojos se perdían.
—¡Señora Harlow! —la llamó, recostándola en la hierba de inmediato, pero, aunque sus labios se movían ella no podía hablar.
Separó sus labios para darle respiración boca a boca, pero al primer intento fue como soplar contra una pared y entonces lo entendió: por qué ella se rascaba tan desesperadamente el vestido.
Sin dudarlo sacó el cuchillo que siempre llevaba y metió el filo de la hoja bajo la primera capa de piel e hizo una mueca.
—¡Igual jamás he sido un caballero!
Con un gruñido de esfuerzo deslizó la daga hacia abajo, abriendo el vestido en canal hasta la altura de su vientre y se inclinó sobre su cuerpo, mientras de su boca a la suya pasaba el aire. Sintió aquel cuerpo levantarse, a ella intentar respirar por sí misma, aturdida, y no pudo evitar deslizar sus ojos hacia abajo.
—Tranquila, todo está bien, respire... —Era todo lo que Elisa podía escuchar hasta que por fin logró abrir los ojos; pero sintió que de nuevo perdía el aliento cuando lo vio sobre ella, como si su cuerpo estuviera ardiendo justo donde él presionaba con su mano.
—Lo siento mucho, señora Harlow, creo que la lastimé —dijo Kainn y levantó un poco su palma para que ella viera el diminuto corte, pero Elisa solo dejó caer la cabeza y negó.
—Lo lamento... de verdad lo lamento... —balbuceó mientras sentía como si aquellos dedos quemaran sobre su piel—. Gracias, señor Black... ¡Dios, yo...! —se detuvo por un instante.
Kainn se quitó la gabardina con un movimiento fluido y la puso sobre ella mientras la ayudaba a sentarse.
—Todo está bien. ¿Quiere que llame a su...? —Ni siquiera terminó, porque vio el temblor en aquellos labios y no supo por qué, pero recordó su sabor como un latigazo—. ¿Hay algún acceso más... privado a la casa?
Elisa asintió tratando de enfocarse.
—La puerta de servicio —murmuró—. En el ala oeste... está vacía.
Kainn pasó los brazos bajo su cuerpo y la levantó sin ningún esfuerzo. La sintió encogerse contra él, pero ninguno de los dos dijo nada mientras él rodeaba la propiedad y la bajaba con delicadeza en la puerta de aquella ala oscura y fría.
—¿Va a estar bien, señora Harlow? —preguntó haciendo un gesto negativo cuando ella intentó devolverle su gabardina.
—Yo... sí, por supuesto. No tengo como pagarle, señor Black... yo... usted... —Elisa miró hacia los setos, como si de repente no entendiera algo—. ¿Qué hacía afuera?
—Salí a tomar aire fresco —respondió él y ella arrugó el ceño porque aquel hombre olía a madera de cedro y sándalo, pero a nada más.
—Una excusa para no estar en la reunión, comprendo —murmuró—. Parece que después de todo Alton no lo conseguirá como socio.
Kainn achicó los ojos.
—¿Eso sería una tragedia? —la interrogó y vio la duda en su tono.
—No lo sé, yo... no sé de esas cosas... —rio ella nerviosa—. Casi siempre estoy en la cocina...
El hombre asintió con su mismo gesto severo, el futuro conde no debía ser muy inteligente si tenía a aquella mujer en la cocina.
—No le digamos esto a nadie, señora Harlow —le dijo—. Y lamento mucho lo de su herida.
Elisa respiró profundo y negó.
—Hay otras que duelen más. Gracias de nuevo, señor Black, creo que estoy en deuda con usted.
Kainn la vio desaparecer en la oscuridad del corredor de servicio y se quedó allí un instante, pensando en lo contradictoria que era Elisa Harlow. Serena después de estar a punto de morir. Tan valiente y tan sumisa.
"Tan frágil y tan grosera" rio. "Tan estéril..."
Había escuchado cada palabra de Adalin. Planeaba mandar a su hijo a volar, a ver qué carajo iba a hacer el futuro conde sin un "ricachón sin nobleza" que invirtiera en su idea. Pero en lugar de eso se encontró entrando de nuevo a la biblioteca y estrechando la mano de Alton.
—Señor de Brickstow, pensaré en su propuesta y le daré mi respuesta en los próximos días —sentenció.
Los ojos de Alton se iluminaron, y apenas despidió a todos los invitados subió de dos en dos los escalones para ir a darle a Elisa la buena noticia.
—¡No entiendes lo importante que es! —exclamó emocionado—. ¡Kainn Black tiene las mayores minas de Birmania y no hace negocios con cualquiera! ¿Sabes cómo le dicen? El Escorpión. Es más poderoso… ¡y peligroso! que cualquier otro inversionista. ¡Donde ese hombre pone su mano sale oro!
Elisa tragó en seco pensando que ella había sentido algo diferente cuando la había tocado.
—¡Elisa! ¿Qué te pasa? ¿Por qué no me respondes?
Ella respiró profundo y negó.
—No es nada, Alton, es solo... La cita de mañana, van a hacerme más pruebas para saber por qué no puedo tener hijos. Estoy preocupada por los resultados, y estoy preocupada porque dicen que es dolorosa... —murmuró con ansiedad—. ¿No puedes venir conmigo?
Alton se agachó frente a ella y tomó sus manos.
—Sabes que no puedo, tengo que preparar un plan de inversión para el señor Black, pero mi madre irá contigo —intentó consolarla—. No tienes que preocuparte, Elisa. No importa lo que los doctores digan, no cambiará el hecho de que yo te quiero y siempre estaré contigo, pase lo que pase.
Ella asintió porque no podía hacer otra cosa, pero esa noche tuvo malos sueños, con las pruebas, con el hospital y con unos ojos penetrantes que la hicieron despertar sudando varias veces.
Al día siguiente Elisa se levantó temprano y se dirigió al hospital acompañada de la bruja mayor. El procedimiento era invasivo y doloroso, pero se mantuvo fuerte hasta que todo terminó.
—Será mejor que descanse al menos una hora, le pondremos calmantes para el dolor y discutiremos los resultados después —le dijo el médico.
Elisa asintió y se hizo un ovillo. Realmente estaba muy adolorida, pero estaba más nerviosa por los resultados. Solo quería que le dieran una opción, una oportunidad para darle un hijo a su esposo como él se lo merecía. Así que solo media hora después logró ponerse de pie y salió a buscar al doctor.
Caminando por los pasillos del hospital sentía temor, angustia, ansiedad. ¿Qué pasaría si los resultados no eran buenos? Estaba preparada para lo peor, pero definitivamente nada la había preparado para aquellas palabras de su suegra.
—¡Que lo desaparezcas, te dije! —le gruñía al médico y Elisa se parapetó detrás de aquella esquina como si fuera invisible—. ¡Cambia el informe, desaparécelo, no me importa, pero a ella le vas a decir lo mismo de siempre, que es estéril! ¡Elisa tiene que seguir creyendo que no puede tener hijos!
El grito de sorpresa de la muchacha solo fue detenido por su mano sobre su boca.
—Pero, señora condesa... si ella va a otro doctor, si pide una segunda opinión...
—¡Cállate! —graznó Adalin—. ¡Llevo años pagándote muy bien para que nadie sepa la verdad! ¿Tienes idea de lo que pasaría si llega a saberse que es Alton quien es estéril? ¡Claro que no sabes porque solo eres un pobre diablo, pero para nosotros los nobles eso representa mucho! —escupió la mujer—. Así que ya sabes, el mismo resultado de siempre, dile a la estúpida esa que es estéril, y que lo siga creyendo hasta que logre deshacerme de ella. ¿Entendido?
CAPÍTULO 3. Secretos y traiciones
Elisa se mantuvo en aquella esquina, con el corazón latiendo tan fuerte que podía escuchar cada golpe y las lágrimas peleando por salir de sus ojos.
—Arregla el informe por si ella pide una segunda opinión —le decía la condesa al doctor—. ¡Y mucho cuidado con decirle esto a alguien! La reputación de la familia de Brickstow rodaría por el lodo si se supiera que nuestro único heredero es estéril. ¡Mi pobre marido terminaría de morirse de una vez!
—Pero, señora condesa... la infertilidad de Alton podría tratarse —insistía el doctor—. Podríamos comenzar con reproducción asistida, quizás una fertilización in vitro...
—¡Cállate! Ni siquiera lo menciones. ¿Tienes idea de cuántos buitres están al acecho del título? ¡Estaríamos en la mira de todos, solo esperando a que se confirmara que Alton no puede tener hijos! Además, esto afectaría los negocios de la familia, nadie querría hacer tratos con un futuro conde sin heredero.
El médico guardó entonces el informe dentro de su bata y asintió.
—Está bien, señora condesa, no se preocupe —respondió por fin—. Ninguna palabra saldrá de mis labios. Seguiré guardando el secreto... por el mismo precio.
Elisa se alejó de regreso a su habitación, incapaz de contener las lágrimas sollozando de impotencia. Su marido, Alton de Brickstow, era quien no podía tener hijos. Durante tres años había sufrido lo indecible pensando que no era suficiente para él y resultaba que no era su culpa.
La condesa había estado dispuesta a silenciar la verdad a cambio de la reputación de la familia. Sin mencionar el hecho de lo mucho que había sido humillada y maltratada por eso.
Media hora después, cuando el médico vino a buscarla, Elisa ya no lloraba. En cambio, se sentó en el consultorio y escuchó aquel resultado que sabía que era falso, mientras su suegra la miraba con el mismo desprecio de siempre. Sin embargo, no dijo ni una sola palabra, solo se encerró en su habitación de regreso a casa.
Hablaría con su esposo en la noche, le contaría toda la verdad y juntos buscarían una solución.
—Alton me dijo que jamás me abandonaría —murmuró para sí misma frente a la ventana—. Así que yo tampoco lo abandonaré. Probaremos lo que haga falta, inseminación artificial, fecundación in vitro... lo que haga falta, pero vamos a tener a ese bebé.
Estaba segura de que Alton la protegería como había hecho hasta ese momento, solo quería hablar con él a solas, pero no esperaba que en el mismo instante en que se sentaran todos a la mesa para la cena, su suegra sacaría aquel tema.
—¿No vas a preguntarle a tu mujer los resultados de la prueba de hoy? —graznó con maldad y Elisa sintió que se le retorcía el estómago.
—No hace falta —rio su cuñada—. Adivino. Confirmación absoluta: es estéril.
—Supongo que ya no es sorpresa —gruñó su suegro mientras ella sentía que se moría de la impotencia. Seguro todos ellos sabían.
—¡Qué va a ser sorpresa! —espetó Adalin—. ¡Esta siempre ha sido una inútil buena para nada! No sirve para condesa, pero no sirve ni para yegua de cría, ni siquiera un chiquillo será capaz de hacer. ¡Alton, ya deberías divorciarte de ella de una vez y conseguirte una mujer que sí sirva! ¡Una que sí pueda darte un heredero!
—¿Y dónde se la va a encontrar, señora condesa? —replicó Elisa sin poder contenerse ante la humillación—. ¿O me va a decir que divorciarse de mí hará que Alton sea menos estéril?
Adalin ahogó un grito de sorpresa y el silencio se hizo en aquella habitación mientras todos la miraban con ojos azorados.
—¡Sí, ya lo sé! ¡Ya sé que le pagó al médico para que me engañara todo este tiempo! —dijo porque ya no podía guardarse nada—. La escuché hablando con él. ¡Yo sí puedo tener hijos! ¡Alton es el que no puede...! —De repente se dio cuenta de lo que estaba diciendo y lo miró—. Lo siento...
—¡Cállate! —se levantó Joanne—. ¿¡Cómo le hablas así a mi madre!? ¡Mi hermano no tiene nada, no vuelvas a repetir eso! ¡Aquí la inútil estéril eres tú...!
—¡Joanne! —la voz de Alton sonó como un trueno mientras se paraba de la mesa y tomaba la mano de Elisa—. ¡No vuelvas a hablarle así a mi esposa nunca más! ¡Nunca más!
Tiró de Elisa y los dos subieron a su recámara. Ella se sentó mientras él daba vueltas a un lado y a otro de la habitación.
—¿Lo que dijiste es verdad? —preguntó.
—¡Te lo juro, Alton! Lo siento mucho, amor, pero es la verdad —dijo Elisa acercándose—. Tu madre le dijo al médico que me mintiera todo este tiempo, porque si llega a saberse que eres estéril pondría en peligro tu reputación... y yo no quiero eso, amor, no le diremos a nadie, solo... perdón, pero no podía soportar que me siguiera maltratando.
Alton la abrazó con fuerza y Elisa podía escuchar su corazón acelerado.
—Perdóname tú a mí, no tenía ni idea de que esto estaba pasando —replicó él—. He estado tan metido en los negocios que te descuidé, pero eso no volverá a pasar. Lo vamos a resolver, tú yo, como siempre. ¿Verdad?
Elisa asintió devolviéndole el abrazo.
—¡Claro que sí, Alton, lo arreglaremos! ¡No importa cómo, pero tendremos un hermoso bebé! —aseguró ella.
Ninguno de los dos bajó a cenar de nuevo. Elisa seguía adolorida por la prueba, así que le costó mucho conciliar el sueño, y cualquier movimiento le producía malestar y la despertaba. Por eso fue que sintió a Alton salir de ella, y aunque quería quedarse allí acostada, no pudo evitar abrir los ojos cuando la puerta del cuarto se cerró tras él.
Elisa quería confiar en el amor de su esposo, pero tenía la traición demasiado fresca. Se levantó en el más absoluto silencio y caminó por el corredor hasta que oyó voces en la biblioteca. Alton y su madre gritaban entre susurros, pero no se gritaban lo que ella estaba esperando.
—¿¡Cómo pudiste ser tan descuidada!? —gruñía Alton furioso—. ¡¿Cómo pudiste dejar que te escuchara?! ¡Ahora lo sabe todo!
Elisa sintió que el corazón se le rompía en cientos de pedazos. ¡Alton lo había sabido siempre! ¡Alton era parte de la mentira!
—¡Te dije! ¡Te dije que tenías que aguantarla hasta que el negocio del tungsteno prosperara! ¡O hasta que pudiera deshacerme de ella sin pagarle nada! —espetó Alton—. ¡¿No podías haber sido un poco más amable con ella?!
—¿Amable con esa ordinaria? ¡Bastante he aguantado hasta ahora! —replicó Adalin.
—¡Te recuerdo que gracias al dinero del padre de la ordinaria hemos vivido tres años! —gruñó Alton—. ¡Sin esa sociedad habríamos perdido todo!
—¡Pues el viejo ya se murió, bien podrías divorciarte de una vez!
—¡Estoy en eso, madre, el detective me dijo que tenía algo para mí, pero ahora tú acabas de complicarlo todo...!
Estaban los dos a punto de seguir gritándose cuando vieron a aquella figura en la puerta.
Elisa no era dueña de sus pies solo sabía que no podía soportar tantas traiciones juntas y había entrado. Había entrado para enfrentar su destino.
—¡Tú! —sollozó desesperada—. ¡Lo sabías, siempre lo supiste! ¡Solo me estabas usando!
El rostro de Alton sufrió un cambio radical. La expresión del hombre amable y amoroso que ella conocía desapareció para dejar paso a un gesto agresivo y lleno del mismo desprecio que su madre; tanto que ni siquiera se dirigió a ella cuando habló.
—¿Ves la consecuencia de lo que hiciste, madre? ¡Ahora también sabe todo lo demás!
CAPÍTULO 4. Desesperación
—¡Me has engañado! —sollozaba Elisa golpeando al Alton—. ¡¿Cómo pudiste hacerme algo así?! ¡Creí que me amabas! ¡Todos estos años creí que me amabas!
Alton le sujetó las muñecas y la empujó a un lado.
—¡Por favor! ¡No he hecho nada tan difícil en mi vida como fingir que me gustabas! —espetó él, cansado de aquella farsa—. Por suerte tu padre se tragó el cuento de que me moría por ti y accedió a la sociedad, pero ¿en qué cabeza cabe que un futuro conde se pueda enredar con una mujer sin título? ¡Solo a ti que eres una ingenua perdida!
Elisa retrocedió, sintiendo aquel dolor tan profundo. Su padre había muerto hacía un año y ella había heredado la sociedad, pero jamás le había pedido cuentas de ella a su esposo, solo le había firmado el poder que le daba derecho total a manejarla.
—¡Eres un desgraciado! —exclamó con impotencia—. ¿Acaso crees que me voy a quedar quieta y no voy a reclamar mi parte? ¡Quiero el divorcio! ¡Y me llevo mi parte de la sociedad! ¡Me llevo mi di...!
Pero no pudo terminar. La mano de Alton se cerró violentamente sobre su cara y la apretó hasta lastimarla.
—¡A mí no me amenaces! ¡Puedes hacer lo que quieras! —la retó él con rabia—. Pero no vas a obtener nada de mí. ¿Dices que soy un desgraciado? —Alton se echó a reír burlonamente—. Claro que lo soy, pero al menos tengo el valor para aceptarlo. Y es justamente por eso que no te daré nada. ¡Voy a demostrar que me fuiste infiel y no te daré ni un solo centavo!
Elisa se revolvió tratando de liberarse.
—¡Mentiroso! ¡Yo jamás te he engañado! ¡Jamás! ¡Mentiroso! —gritó con rabia porque no podía creer que Alton fuera un hombre tan horrible.
—¡Pues yo tengo pruebas! ¡Y en cuanto se las presente a un juez me dará el divorcio sin dudarlo! —ladró Alton—. ¡Y quiero ver cómo tú intentas conseguir un abogado sin dinero!
Había odio en su voz, después de todo llevaba tres años casado con una mujer que no le llegaba ni a los talones, y la detestaba por eso, porque ella y su padre tenían más dinero que él sin ser nobles.
—¡Alton! ¡Ya sácala de aquí! —le ordenó su madre—. Si ya lo sabe todo entonces no hay marcha atrás. ¡Ya no la quiero en mi casa, échala ahora mismo!
Horrorizada aún por las palabras de Alton, Elisa vio como su esposo la agarraba bruscamente y la sacaba sin darle tiempo ni para ponerse sus zapatos. Él la arrastró escaleras abajo, y atravesó el jardín, pero a ella no la iban a sacar callada. Gritó tratando de soltarse y el revuelo se armó de inmediato. Las luces se encendieron y hasta los criados se asomaron a las ventanas para ver a su marido sacarla de la propiedad.
Sin permitirle sacar nada más que la ropa que llevaba encima, abrió la verja y la lanzó afuera de un empujón, en medio de la madrugada y del frío.
—¡No vuelvas nunca! ¡No quiero volverte a ver por aquí! ¡Conseguiré el divorcio así que lárgate, mugrosa, que esta nunca ha sido tu casa!
Elisa sacudió la reja, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón lleno de furia.
—¡Eres un desgraciado...! —quería gritarle eso y más, pero estaba en pijama en medio de la madrugada y los dientes empezaron a castañearle.
Estaba paralizada por el frío y el dolor, y sus sollozos se intensificaron al comprender que había terminado ahí, sin nada ni nadie. Y la verdad era que se habría quedado allí, durmiendo en la calle, si no hubiera sido por la cocinera de la casa, que vivía en una de las dependencias de servicio fuera de la propiedad. La mujer había oído toda la escena desde su ventana y salió para acoger a Elisa, llevándola a su casa para ofrecerle un refugio temporal.
—Vamos niña, vamos, te vas a enfermar aquí.
Lenore, la cocinera, sentía un cariño especial por ella. No sabía qué había pasado, pero sabía que los condes maltrataban mucho a Elisa y que ella no lo merecía. Trató de calmarla, pero todo fue inútil.
Elisa lloró hasta el amanecer, pero sabía que debía afrontar lo inevitable. Se vistió con algunas ropas y unos zapatos que Lenore le prestó y se fue a la casona, pero el guardia de la reja no la dejó entrar y de inmediato salieron Adalin y Joanne.
—¿¡Qué haces aquí!? Mi hermano te dijo que te fueras para siempre —ladró Joanne.
—¡Créeme que no tengo ninguna intención de quedarme, pero allá adentro hay cosas mías! ¡Mi ropa, mis joyas, mis recuerdos! ¡Y los quiero de vuelta! —reclamó Elisa.
—¡Aquí nada es tuyo! —le espetó Adalin—. ¡Quédate todo el día gritando ahí si quieres, pero no vas a entrar y menos vas a llevarte nada!
Le dieron la espalda, mirándola como si fuera parte de la basura de la casa y Elisa apretó los puños con impotencia. No tenía vergüenza de pedirle ayuda a Lenore, y la mujer le prestó un poco de dinero para un taxi, uno que la llevó directamente a las oficinas de Alton.
Su amado esposo pasó por todos los colores del odio cuando la vio empujar la puerta de su oficina, pero, aunque Elisa se sentía muy mal físicamente, no podía quedarse en la calle, sin nada.
—¿Qué quieres? —le preguntó Alton con frialdad.
—¡Todo lo que es mío! ¡No puedes dejarme en la calle! —respondió ella—. Quiero mis cosas, mi dinero... o si no... o si no... ¡le voy a decir a todo el mundo que el estéril eres tú!
Alton la agarró por un brazo y la zarandeó con violencia.
—¡Abre la boca, atrévete, menciona una sola palabra y te voy a demandar por tres millones de euros! —graznó.
La soltó bruscamente y sacó de su gaveta un acuerdo de confidencialidad con la firma de Elisa. La muchacha lo miró desesperada. No recordaba haberlo visto antes, pero ahora le estaba notificando que si decía la verdad tendría que pagar tres millones de euros de indemnización.
—¡Yo no firmé esto! ¡Yo no...!
—Sí lo hiciste —replicó Alton con una sonrisa sarcástica—. Eres tan descuidada que lo deslicé entre un montón de papeles de la sociedad y lo firmaste sin mirar. Así que, si dices una sola palabra, ¡una sola sobre esto! voy a demandarte y si no me pagas te meteré a la cárcel.
Elisa se quedó muda. Las lágrimas corrían por sus mejillas y el mundo se convirtió en un infierno cuando dos hombres de la seguridad del edificio la sacaron casi a rastras hasta el estacionamiento.
¡No podía ser! ¡Aquello no podía estar sucediendo! Había pasado de tenerlo todo a perderlo todo en un solo instante, de estar casada con el hombre que amaba a ser la víctima de un monstruo en un solo día.
Quería gritar, quería llorar, quería vengarse, pero no tenía cómo. Su cerebro solo distinguió aquella palanca de hierro y el Ferrari rojo. Antes de darse cuenta ya había destrozado los espejos, los cristales, los focos, se había subido encima y lloraba y golpeaba, golpeaba, rompía y lloraba.
—¡Te haré pagar lo todo!
Hasta que se mareó por completo y dejó caer la cabeza entre las manos.
Hasta que una voz ronca, potente y estremecedora se alzó tras ella.
—¿Quiere decirme cómo la ofendió mi coche, señora Harlow? Quizás yo mismo la ayude a castigarlo.
CAPÍTULO 5. Todo sobre Elisa
Kainn Black había llegado a aquel edificio hacía solo unos minutos, tenía una cita importante con Alton de Brickstow para revisar la inversión en las minas de tungsteno. Estaba a punto de tomar el ascensor principal hacia el estacionamiento seguido de su escolta cuando del ascensor de servicio vio bajar a dos agentes de seguridad que empujaron fuera a la futura condesa.
Él no se movió y tampoco ninguno de sus hombres. La siguió con la mirada mientras ella veía alrededor, con un ánimo cercano a la histeria y tomaba algo que había tirado en una esquina antes de empezar a golpear violentamente su auto.
Los ocho guardaespaldas corrieron hacia la escena, pero un gesto de Kainn los detuvo.
—Pe… pero señor… ¡está destrozando su auto! —murmuró su secretario espantado.
—¿Y qué? —sonrió Kainn con sorna—. ¿Cuántas veces en la vida tienes oportunidad de ver a una condesa despatarrada sobre un Ferrari golpeándolo con una palanca de hierro?
—Bueno... técnicamente, todavía no es condesa —aclaró su secretario en un murmullo.
“Ni lo será, porque no puede darle un hijo al futuro conde”, recordó Kainn de repente.
La vio subirse al techo del auto deportivo y atacarlo mientras gritaba, lloraba y se acordaba de todos los ancestros de los condes de Brickstow.
Era hermosa allí arriba, cuando todo el glamour reprimido de una dama de alta sociedad se convertía en instinto destructor. Kainn casi podía saborear las gotas de sudor que marcaban la seda de la blusa, y no sabía por qué, pero aquello disparaba en él unos instintos muy diferentes.
—Déjala terminar, se nota que lo necesita —ordenó con voz ronca—. Total… ¿qué es un Ferrari menos…?
Minutos, largos y agónicos pasaron mientras él la miraba con curiosidad, hasta que pareció perder toda su fuerza y sollozó contra las palmas de sus manos.
—¿Quiere decirme cómo la ofendió mi coche, señora Harlow? Quizás yo mismo la ayude a castigarlo —dijo él acercándose y Elisa levantó los ojos, sobresaltada.
—¿Qué...? ¿Usted...? ¿Qué...? —miró aturdida el auto en el que estaba subida y luego al hombre frente a ella.
—¿Quizás el auto que intentaba destrozar es aquel de allá?
Elisa siguió la dirección de su dedo y vio otro Ferrari rojo casi idéntico. Las manos comenzaron a temblarle cuando se dio cuenta de que había destruido el Ferrari equivocado, había hecho trizas el auto de Kainn Black creyendo que era el de Alton. Se quedó mirándolo con los ojos llenos de lágrimas y tratando de encontrar palabras para explicar su error.
Pero mientras todos contenían la respiración, él solo levantó sus brazos hacia ella.
—Baje de ahí, señora Harlow, venga...
Kainn alcanzó la mano de Elisa y se dio cuenta de que estaba muy fría. Ella se sentó en el techo del auto y no protestó por las manos del hombre en sus caderas, que la bajaron de allí como si no pesara.
Kainn la miró en silencio intentando leer algo en sus ojos, pero ella estaba demasiado perdida.
Elisa abrió los labios y trató de decir algo, pero cuando sus pies tocaron el suelo, se notó muy débil y sintió un dolor muy fuerte. Se llevó las manos al vientre y Kainn la sostuvo con fuerza.
—¡Señora Harlow! ¡Señora Harlow!... —intentó sacudirla, pero su secretario se acercó corriendo.
—Señor... —no dijo nada más, solo señaló al pantalón de la mujer y Kainn gruñó con miedo al ver sangre sobre él.
—¡Traigan las camionetas! ¡Localiza el hospital más cercano! ¡Muévanse!
La tomó en sus brazos, alzándola con un gesto posesivo y en cuestión de segundos subía con ella a una de las camionetas.
Elisa parecía aturdida por el dolor, solo lloraba mientras intentaba pedirle disculpas a Kainn por lo que había hecho.
—¡Ya cállate, mujer! ¡Me da igual el Ferrari, solo es un trozo de chatarra! —le espetó con frustración mientras la miraba a los ojos, porque odiaba que ella pensara en eso cuando era obvio que estaba tan mal.
Una llamada se hizo desde el teléfono del secretario para informar al hospital que iban con una urgencia y en cuestión de minutos llegaron a la sala de emergencias. Kainn la entregó al personal de enfermería y Elisa fue internada inmediatamente mientras los doctores examinaban sus signos vitales y tomaban todas las pruebas necesarias para determinar lo que pasaba con ella.
—Paga lo que tengas que pagar por información —le ordenó a su secretario, porque sabía que sin ser familiar no le dirían nada, y poco después estaba sentado en un consultorio mientras un médico le informaba de los resultados.
—Según su historial médico la señora Elisa Harlow fue sometida ayer a una prueba para confirmar su esterilidad —explicó el doctor—. Fue un procedimiento un poco invasivo y al parecer no fue bien cuidado, por eso tuvo un sangrado peligroso, pero ya lo controlamos.
Kainn asintió en silencio y cuando despegó los labios sabía muy bien lo que quería averiguar.
—¿Cuál fue el resultado de la prueba? —preguntó y el médico carraspeó con incomodidad.
—Lo siento, señor Black, no puedo decirle, es... —Un cheque por diez mil euros sobre el escritorio hizo que el médico se interrumpiera y pasara saliva—. Según el informe, la señora Harlow es estéril, no puede tener hijos. Es la cuarta prueba que lo confirma.
Kainn se quedó en silencio durante un largo minuto y luego salió del consultorio. Pidió que trasladaran a Elisa en la mejor habitación VIP, y estaba a punto de ir a verla cuando su secretario llegó a su lado.
—Señor, ¿está pensando en ella como una candidata para sus planes? —preguntó el hombre directamente.
Kainn cruzó los brazos y se quedó pensativo por un momento.
—Todavía no lo sé —dijo con honestidad—. Ella parece ser todo lo que necesito. Justo lo que necesito. ¿Tú crees en las casualidades?
Su secretario sonrió.
—Quizás no en las casualidades, señor, pero sí en la suerte, y usted ha estado bendecido con ella desde que nació.
Kainn no lo creía así, pero terminó asintiendo.
—No quiero tomar una decisión precipitada, así que investígala por mí —ordenó—. Todo sobre Elisa Harlow, quiero saberlo todo sobre su pasado, quién es, cómo es, qué mascotas tiene, cómo le gusta el café. Quiero un informe completo sobre ella lo más pronto posible.
El secretario Moe asintió de inmediato y Kainn se dirigió hacia la habitación de Elisa, pero antes de que llegara, vio a Alton llegar al mostrador de recepción de aquel piso. Solo un minuto tardaron en informarlo de lo que había sucedido con su esposa, y mucho menos demoró él en dar una respuesta.
—Lo siento, pero yo no mandé a que la pasaran a ninguna habitación VIP. Ella sola debe hacerse cargo de su cuenta.
—¡Pero señor...! Usted es su contacto de emergencia... su esposo...
—No por mucho tiempo —replicó Alton con frialdad—. Así que quíteme como su contacto de emergencia y que ella sola asuma sus gastos.
El hombre se dio la vuelta sin ni siquiera ver a Elisa y los nudillos de Kainn tronaron mientras los cerraba en puños. Un instante después su semblante se relajó y sacó su celular.
—Moe, necesito algo más. Ve al edificio de oficinas y consigue las grabaciones de seguridad. Quiero los videos del estacionamiento de inmediato.
CAPÍTULO 6. Un hombre que lo tiene todo
Casi veinticuatro horas habían pasado desde que Elisa había sido admitida en aquel hospital, y solo amaneciendo había descubierto dónde estaba.
—¿Ha venido alguien a verme? —preguntó débilmente a una enfermera.
—Hay dos hombres muy apuestos que no se han separado de tu puerta —respondió la muchacha con una sonrisa, pero Elisa no sintió tranquilidad por eso—. El doctor vendrá a verte en un momento.
Ella intentó sentarse, y aunque se sentía muy adolorida, también estaba la incertidumbre de lo que había pasado y lo que sucedería con su vida de ahí en adelante.
El médico que llegó le explicó brevemente el motivo de su ingreso y que ya estaba bien.
—Le daré el alta, pero debe cuidarse mejor. Al menos un par de semanas sin correr o cargar peso. ¿De acuerdo?
—Sí, muchas gracias. Solo... páseme la cuenta del hospital y yo...
—No hace falta, señora Harlow. Su cuenta ya fue pagada por completo —le aseguró el médico y salió de allí mientras Elisa se quedaba anonadada.
¿Quién podría haber pagado su cuenta del hospital... y además haber dejado un vestido para ella? Miró la percha, de donde no colgaba su ropa del día anterior sino un vestido muy discreto y elegante, y bajo él unas sandalias. Se lo puso porque no tenía nada más y salió al corredor para encontrarse cara a cara con el secretario Moe.
—Señora Harlow, el señor Black la está esperando, por favor acompáñeme.
Elisa pasó saliva, nerviosa. A su mente llegó el destrozo que había hecho con el Ferrari del señor Black y clavó la vista en el piso mientras seguía a aquel hombre. Frente a ella se detuvo una enorme camioneta de lujo y apenas se abrió la puerta, una mano salió para ofrecerse de apoyo.
Elisa sintió que temblaba mientras lo tocaba y luego se sentaba frente a Kainn Black.
—Parece que tengo una habilidad especial para ponerlo en dificultades, señor Black —murmuró saludándolo con vergüenza—. Me apena mucho lo que hice ayer, yo no sabía...
Kainn hizo un gesto descuidado.
—No se preocupe, solo es un pedazo de metal —aseguró él con expresión neutra.
—Pero... es un coche muy costoso. ¡Es un Ferrari! —insistió ella y lo vio sonreír.
—Descuide. Ya me ocuparé de eso, por lo pronto déjeme llevarla a casa.
Elisa abrió los labios, pero volvió a cerrarlos en el acto. ¿Cómo iba a decirle a un completo extraño que Alton la había echado? Así que bajó la cabeza y esperó que él no se atreviera a echarla de nuevo delante de un invitado.
Cuando a Alton de Brickstow le anunciaron que el señor Black había venido de visita, dejó el café a un lado y salió personalmente a recibirlo, sin embargo, se quedó petrificado cuando vio que, tras él, de aquella camioneta, bajaba también Elisa.
No había razón para que su esposa y Kainn Black llegaran juntos, pero aun así lo invitó a pasar mientras a ella le dirigía una mirada llena de odio.
Elisa intentó escabullirse, pero el secretario Moe le cortaba el paso, indicándole que debía seguir a los hombres. Entraron al salón y allí además estaba el resto del aquelarre, los viejos condes y la bruja de Joanne.
—Señor Black, me quedé esperándolo ayer, creí que íbamos a hablar de negocios... —comenzó Alton, pero Kainn levantó una mano para detenerlo.
—Me temo que eso no será posible, señor de Brickstow —sentenció con voz ronca—. No se pueden comenzar nuevos negocios sin solucionar las viejas deudas, y usted me debe una muy alta compensación.
Alton se puso pálido porque no sabía de qué hablaba, hasta que Kainn puso en sus manos una tableta con la grabación del estacionamiento del día anterior.
—Como podrá notar ese es el estacionamiento del edificio donde están sus oficinas, y esa es su esposa destrozando mi Ferrari.
Elisa contuvo el aliento, sin poder creer que después de portarse tan amable con ella el señor Black la estuviera acusando delante de todos.
—¿Esto...? ¿Cómo es posible...? —Alton miró a Elisa como si pudiera asfixiarla allí mismo y Joanne corrió a quitarle la tableta para ver el video.
—Esta es la factura del auto, las compensaciones por las pérdidas y el estrés tan profundo que sufrí, y además la factura del hospital que me vi obligado a pagar por el ingreso de la señora Harlow —sentenció Kainn extendiendo un documento hacia Alton y él casi se cayó de espaldas al ver aquella cifra: Un millón de libras esterlinas.
—¡Esto es inadmisible! —exclamó agarrando el brazo de Elisa con violencia y empujándola entre los dos—. ¡Mi esposa y yo nos estamos separando, ella sumirá sus gastos y sus deudas! ¡Yo no pagaré nada por ella!
Elisa lo miró con odio, pero en aquel momento sentía más decepción que otra cosa, y no precisamente contra Alton.
—Su estatus marital me tiene sin cuidado, señor de Brickstow —siseó Kainn con mirada gélida—. Mientras siga legalmente casado con la señora Harlow, ella es su responsabilidad, y si usted no es capaz de cumplirla, yo no seré capaz de confiar en que pueda cumplir su palabra en el resto de los negocios. ¡O cubre su deuda, o puede olvidarse desde ahora de mis minas de tungsteno!
Para sorpresa de Kainn, las exclamaciones y los improperios de los condes no se hicieron esperar, parecían tan indignados que no los controlaba ni el hecho de que él estuviera presente. Pero mientras Joanne, Adalin y el viejo Baldwine intentaban convencerlo de que la única culpable era Elisa y de que no debía responsabilizar a Alton, este solo agarró furioso a Elisa del brazo y la apartó a un rincón.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? —siseó con tanto odio que ella ni podía reconocerlo—. ¡Mira todo lo que tengo que pagar por tu culpa!
—¡Pues tienes con qué, porque bien que me quieres quitar mi dinero y el de mi padre! —replicó Elisa con fiereza—. ¡Si tengo que destrozarle diez autos más con tal de dejarte en la ruina créeme que lo haré, infeliz, pero prefiero morirme de hambre antes de dejar que te quedes con el dinero de mi padre!
Alton la sacudió con fuerza, enterrando los dedos en la piel de sus brazos y ella no pudo evitar un gemido de dolor que llamó la atención de Kainn al instante.
—¡Estás loca si crees que te dejaré repetir esto! ¡Encerrada! ¡Encerrada en una habitación mugrienta te vas a quedar si eso es lo que hace falta, pero te juro que vas a tener que trabajar en esta casa por el resto de tu vida para que me pagues todo lo que me debes! —espetó Alton con rabia—. ¡Al menos tu padre tuvo el buen tino de morirse cuando yo lo ordené, pero tú...! ¡Tú solo eres un estorbo!
Elisa sintió que perdía todas las fuerzas cuando lo escuchó decir aquello. ¿Qué significaba? ¿Cómo que su padre había muerto cuando él lo había ordenado...? ¿Cómo...? Su corazón se aceleró y las lágrimas subieron a sus ojos sin que pudiera evitarlo, entre todo el horror que estaba viviendo, entre todas las traiciones, entre todas las mentiras era capaz de aceptar cualquiera menos que se había enamorado de un hombre que había asesinado a su padre.
¡No podía ser!
Pero antes de que pudiera despegar los labios, otra voz se alzó.
—¡Señor de Brickstow! —Kainn llamó la atención de todos—. Si responder por su deuda se le hace difícil, quizás podamos llegar a un acuerdo —sentenció—. Dejaré pasar esto y continuaremos el negocio de las minas si usted me compensa... con algo más.
Alton soltó a Elisa bruscamente y se giró hacia el birmano.
—¿De qué habla? ¿Qué otra cosa podría querer alguien que ya lo tiene todo?
Kainn sonrió con malicia y su dedo señaló en una sola dirección.
—A ella —sentenció mientras miraba a Elisa—. Démela a ella… y olvidaré todo.
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