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PERFECTO IDIOTA

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—Estoy embarazada.

El anuncio era el típico inicio de una novela cliché. Sin embargo, esta no era ninguna novela y Nova Lexington lo sabía. Nerviosa, esperaba la reacción de su novio, Knox Ridley. Uno de los herederos de una de las familias más prestigiosas y ricas del Estado.

Sin embargo, todo lo que había en la habitación era un denso silencio que ninguno se atrevía a romper.

Los ojos de Knox eran oscuros como el carbón, pero habían adquirido un brillo peligroso y hasta siniestro tras el anuncio de la mujer que se retorcía los dedos, mirándolo, esperando una reacción, una palabra. Algo que le indicara que la había escuchado.

Nova permanecía quieta como una estatua de mármol, como si temiera que una tormenta se desatara al menor movimiento.

—Knox, di algo —pidió, inquieta.

Eran jóvenes y pertenecían a distintas clases sociales, pero se amaban, ¿verdad? De repente, la duda la asaltó y fue como un latigazo atravesando su carne. El miedo hizo latir su corazón de manera desenfrenada.

Ella dio otro paso, arriesgándose, estiró la mano, intentando alcanzar el brazo de Knox. Él retrocedió, evitando su toque, y la miró con un desprecio que le sorprendió.

—Sé que no estaba en nuestros planes, que somos jóvenes, pero ya existe. Tendremos un bebé —susurró, mordiéndose el labio, para no echarse a llorar ante la mirada burlona de Knox.

—¿Tendremos un bebé? —preguntó y sin dejarla responder, continuó—: querrás decir, tendrás un bebé junto al hombre con el que me engañas.

Nova se tambaleó como si hubiese sido impactada por un guante de boxeo, abrió y cerró la boca sin emitir sonido o palabra alguna. Sorprendida por la respuesta de Knox. ¡Claro que no era lo que esperaba!

—¿De qué hablas? —preguntó al fin.

—¿De qué hablo? ¡Eres una cínica, Nova! —gritó, moviéndose por la sala, alborotando sus cabellos con rabia, como si estuviera conteniéndose para no tomarla de los hombros y sacudirla para que borrara esa cara de mustia que tenía. ¡No era ninguna inocente! —. Lo sé todo, Nova, y lo que no, no me interesa.

Ella no comprendía ni una sola de sus palabras. No tenía ni la menor idea de lo que hablaba. ¿Qué sabía?

—¿Cuánto tiempo creíste que ibas a jugar conmigo? ¿Te pareció divertido? —le cuestionó con rudeza y sin piedad—. Dime, sentiste bonito que un hombre de mi nivel se fijara en ti.

Esas palabras fueron como una daga atravesando el corazón de Nova; su mente no podría procesar toda la sarta de palabrerías que salían de los labios de Knox.

—¡No sé de lo que hablas! —gritó exasperada, deseando que todo esto solo fuese un mal sueño. Una horrible pesadilla para despertar.

Sin embargo, los minutos continuaron corriendo sin piedad y, aunque se pellizcó discretamente, nada sucedió. Esta era la dolorosa realidad.

—Entiendo que estés asustado, yo también me estoy muriendo de miedo, Knox, pero eso no te da ningún derecho a desconfiar de mí y a poner en tela de juicio mi honra.

—¿Honra? —la burla le hería más que mil cuchillos—. Tú ni siquiera conoces esa palabra —soltó.

Knox se inclinó y tomó el sobre marrón de la mesa de centro. Con una lentitud casi mortal, lo abrió y vació el contenido al piso.

Fotos y más fotos caían como gotas de lluvia y en cada una, se podía observar claramente la imagen de Nova siendo abrazada por otro hombre, comiendo con él en un restaurante sencillo. Incluso, saliendo de un apartamento que posiblemente estaba lleno de ratas y cucarachas.

—¿Acaso pensaste en mí como un cheque en blanco? —inquirió mientras Nova miraba las fotos sobre el piso. Había una en especial que llamó su interés. Era una foto donde aparentemente se besaba con ese hombre. Una toma que tenía la intención de dejarla como culpable.

Una risa escandalosa y nerviosa escapó de sus labios. Ahora lo entendía todo.

—¿Te causa gracia?

Ella negó.

—Él es Garrett, mi hermano —respondió.

Una ligera esperanza se abrió paso en el corazón de Knox, porque no, él no podía negar que se había sentido atraído por Nova casi de manera instantánea, tanto, que ni siquiera le había importado que no fuera de su círculo social. De hecho, eso la hacía más especial para él.

—¿Tu hermano?

Nova asintió

—Llévame con él y aclaremos esto de una vez —pidió y sin darle tiempo a procesar la orden, Knox la tomó del brazo con brusquedad y la llevó hasta su auto.

Él estaba dispuesto a arrodillarse para disculparse si comprobaba que Nova le decía la verdad, pero si le estaba mintiendo, ella iba a saber quién era y de lo que podía ser capaz de hacer.

El viaje fue tenso, el silencio era insoportable. Los dos iban concentrados, perdidos en sus mundos. Cada uno rogaba por cosas distintas.

—¿Es aquí? —preguntó sin verla.

—Sí.

Knox bajó del auto de un salto, bordeó con prisa el coche y le abrió la puerta. No le tendió la mano para ayudarla, por lo que ella bajó sola.

Caminaron juntos hasta una vieja y descolorida puerta. El olor a moho inundó las fosas nasales de Knox.

—Esto es una pocilga —gruñó con desprecio.

Nova no respondió, levantó la mano y golpeó la puerta. Llamó varias veces antes de que esta se abriese y apareciera un hombre que jamás en su vida había visto.

—¿Garrett Lexington? —preguntó Knox sin darle tiempo a Nova a salir de su sorpresa.

El hombre arrugó el entrecejo, tenía los ojos rojos y parecía no estar del todo lúcido.

—No conozco a nadie con ese nombre —respondió, mirando con avaricia el Rolex en la muñeca de Knox.

Él le dedicó una mirada seria a Nova.

—Te juro que…

—¿Estás seguro de que no lo conoces? —preguntó, interrumpiéndola e ignorándola al mismo tiempo.

—Tan seguro como que el reloj que llevas en la muñeca vale una fortuna —respondió.

Knox se giró y dejó a Nova atrás. Ella tuvo que correr para alcanzarlo.

—No sé lo que pasó, mi hermano ha vivido los últimos meses aquí —dijo.

Él continuó en completo silencio.

—Por Dios, Knox, tienes que creerme.

—Sube —le ordenó.

Nova se quedó parada, pensando en una manera de comprobar su inocencia. Solo le quedaba un último recurso. Sus padres. Aunque eso, significaba confesarles que tenía novio y, de paso, que estaba embarazada, pero si quería que Knox confiara en ella, no tenía más remedio.

—Mis padres —musitó tan bajo que Knox no la escuchó y ella se dio cuenta al ver su semblante frío como el mármol—. Mis padres no pueden mentirte, ellos te dirán la verdad —dijo en voz alta.

Ahí estaba de nuevo, la esperanza abriéndose paso por los turbulentos oleajes de emoción que experimentaba. Pero, ¿qué podía perder si visitaba a los padres de Nova? Nada.

Eso creyó porque su esperanza era más grande de lo que imaginaba, más grande de lo que le gustaba admitir, pero cuando estuvo delante de su padre Roger Lexington, todo, absolutamente todo se rompió, convirtiéndose en miles de fragmentos difíciles de pegar.

—Lo siento, pero no conozco a nadie con ese nombre y tampoco tengo un hijo que se llame así.

Nova abrió los ojos como platos ante la respuesta de su padre mientras su corazón se rompía en miles de pedazos. Su última esperanza se había desvanecido como agua entre los dedos.

¿¡Cómo podía su padre negar la existencia de su hermano?!

Tienes que irte

Knox se levantó del viejo y descolorido sillón, ni siquiera se molestó en despedirse, sencillamente, se marchó sin mirar atrás, pensando en lo ingenuo que había sido al confiar en que Nova sería distinta del resto de las mujeres. Debió ser más listo y no enamorarse, ahora, solo le quedaba enfrentar las consecuencias de haberse enamorado de la mujer equivocada.

Sus pasos eran lentos, mecánicos, como si no fuera capaz de sentir o de pensar. Como un robot, subió a su auto y salió de aquel barrio que jamás volvería a pisar en lo que le restaba de vida. Nova Lexington estaba muerta para él.

Nova, por el contrario, no era capaz de desconectarse del terrible dolor que le rasgaba el corazón. Dudaba entre quedarse y salir corriendo detrás de Knox, pero sabía que, aunque corriera, no iba a alcanzarlo, menos cuando el ruido estrepitoso de los neumáticos derrapando se escuchó. Se había ido.

Miró a su padre como si no lo reconociera, y luego a su madre, callada, incapaz de decir una sola palabra. Sus lágrimas brotaron como cascadas y no hizo intento de detenerlas.

—¿Por qué le has mentido? —preguntó en medio de un sollozo.

—Porque es la verdad, yo no tengo ningún hijo. Garrett está muerto para mí y de los muertos, no se habla en esta casa —respondió con rudeza.

—¡Pero Garrett no está muerto y es tu hijo!

—¡Para mí lo está! Y por tu propio bien, Nova, no me hagas perder el tiempo recibiendo gente que no conozco y que no me interesa conocer, menos si son amigos de ese desagradecido que tienes por hermano. Ese tipo que solo piensa en él.

Nova se mordió el labio hasta sentir el sabor de su sangre para no salir en defensa de su hermano…

—No tienes idea de lo que has hecho, papá —musitó.

—Tengo cosas mejores que hacer que quedarme a verte llorar como una magdalena —respondió, levantándose del sillón, saliendo de la descuidada sala. Iba a beber, esa era su vida.

—Y tú, ¿por qué no dijiste nada, mamá?

La mujer negó, se limpió una caprichosa lágrima que corrió por su mejilla.

—Ya conoces a tu padre, Nova. No debiste traer a ese joven a nuestra casa y menos si quería saber de Garrett.

Nova ahogó un gemido lastimero. Ya el mal estaba hecho y lo peor era que Garrett había desaparecido. El destino parecía haberse ensañado con ella y de la peor manera.

Esa noche, Nova durmió poco. Estuvo llamando a Garrett, pero su hermano nunca atendió el teléfono. Temía que algo malo le hubiera sucedido, él nunca la hacía esperar, siempre estaba para ella, aunque no vivieran juntos por culpa de su padre.

Muy temprano por la mañana, Nova se despertó agitada. Tenía el estómago revuelto y corrió al baño con desesperación. No había comido nada la noche anterior, pero ella seguía arrodillada, aferrada al retrete y por poco vaciaba los intestinos.

Cuando se sintió mejor, se puso de pie. El cuerpo le temblaba y un sudor frío le corría por la cara y la espalda. Se miró en el viejo espejo y se asustó, parecía un alma en pena.

Con manos temblorosas se lavó el rostro y se enjuagó la boca mientras se preguntaba: ¿cuánto tiempo iba a poder ocultar su embarazo? El médico que la atendió en el hospital le había dicho que tenía ocho semanas. Pronto, la ropa iba a dejarle de quedar, se mordió el labio, provocando un nuevo sangrado y nuevas ganas de vomitar.

Nova se obligó a respirar varias veces para controlar las náuseas. Cuando se sintió mejor y lista para salir, lo hizo, encontrándose cara a cara con su padre. Por instinto, ella retrocedió, se llevó una mano al pecho para controlar la agitación de su corazón.

—Papá.

—¿Cuándo pensabas decirnos? —preguntó, dando un paso hacia ella.

El miedo la congeló en su sitio, miró la mano de su padre que se movía delante de sus ojos y estuvo a punto de desmayarse.

—¡Estás embarazada! —gritó, haciendo que ella se estremeciera y diera un brinco por el susto—. ¡Eres una cualquiera! ¡Una ramera! —le gritó, tomándola del brazo, la sacó del baño y la empujó contra la puerta.

—Papá, cálmate —pidió, levantando las manos, tratando de apaciguar a la bestia en la que se había convertido.

—Tu hermano y tú son la misma porquería. ¡Ninguno de ustedes me ha servido de nada! He gastado mi dinero en alimentar cuervos que a la menor oportunidad se vuelven en mi contra.

—Me haces daño, papá —gimoteó al sentir la presión de la mano de Roger sobre su garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas, los pulmones ardían por la falta de oxígeno. ¿Era así como iba a terminar todo? ¿Moriría a manos de su padre?

Tal vez era mejor, su vida era lamentable. Nunca tuvo una familia cariñosa, siempre temerosa de que, en cualquier momento, su padre la usara como moneda de cambio, así como trató de hacer con Garrett. Ellos no eran cosas, eran seres humanos con sentimientos y, en algún momento, fueron niños con hambre de cariño.

Niños.

Esa palabra bastó para recordar al bebé que crecía en su vientre y el miedo a que saliera herido le dio una valentía que jamás hubiera creído que tenía. Empujó a su padre con toda la fuerza que fue capaz de reunir y así, en pijama, salió huyendo de su casa.

Nova caminó por horas, se había ido sin su móvil, sin un centavo en el bolsillo y sin un bocado de comida en el estómago, pero eso no era lo importante. Solo esperaba que su mejor amiga pudiera ayudarla.

Después de Knox, solo confiaba en Abril.

Llamando la atención de la gente, Nova subió hasta el piso de su amiga. Estaba cansada, tenía el cuerpo empapado de sudor por las horas que había caminado y estaba lejos de sentirse segura o a salvo.

Presionó el timbre varias veces antes de que Abril le abriera la puerta. Tenía el cabello revuelto, se acababa de despertar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, dejándola pasar.

—Me he ido de casa —confesó. Eso pareció despertar del todo a la joven mujer.

—¿Qué?

—Necesito que me ayudes, Abril. No puedo volver a casa y… he terminado con Knox.

El rostro de la mujer cambió de la sorpresa a la felicidad, pero Nova estaba demasiado ocupada con sus asuntos para notarlo.

—¿Terminaron?

—Sí.

—¿Por qué? —preguntó. Abril ni siquiera se molestó en ofrecerle un vaso con agua, deseosa por saber los motivos de la ruptura. Eso era lo que en verdad el interesaba.

—Estoy embarazada y él cree que lo he engañado —musitó, bajando la mirada.

Abril se puso de pie y miró a todos lados, temerosa de que sus padres escucharan la conversación.

Desde un inicio, su madre desaprobó su amistad con Nova debido a que no pertenecían al mismo círculo social, pero ella desatendió aquella orden de mantenerse alejada únicamente porque estar cerca de Nova, era estar cerca de Knox Ridley, era él quien le interesaba.

—Tienes que irte —dijo, sacando a Nova de sus pensamientos.

Ella lo miró confundida y hasta creyó que había escuchado mal, pero al ver el rostro serio de su amiga, comprendió que no.

—Lo siento mucho, pero no puedes quedarte. Si mis padres se enteran de que estás aquí, van a castigarme y no quiero problemas. Te daré un poco de dinero y ropa, eso es todo lo que puedo hacer por ti, Nova —dijo.

Ocultando el regocijo que sentía en su interior. Abril corrió a su habitación y volvió antes de que pasara un minuto. Traía una bolsa negra en las manos y se la entregó a Nova; tenía prisa por deshacerse de ella.

—Consigue un lugar donde cambiarte, cómprate algo de comida y… no vuelvas a buscarme.

Te haré un favor

Nova se sintió desorientada, miró el lujoso edificio donde vivía su mejor amiga. No podía creer que, en cuestión de horas, lo había perdido todo. Ilusamente, pensó que encontraría apoyo en Abril, pero… se había equivocado estrepitosamente. Un ligero mareo le llegó. Fue tan repentino que tuvo que sostenerse a la pared.

—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó el guardia de seguridad del edificio. Era un hombre mayor, de rostro amable y se veía realmente preocupado.

Ella solo lo observó. Estaba lejos de sentirse bien, realmente ya no sabía ni cómo se sentía, era como si un vacío se abriera dentro de su pecho y quisiera tragársela entera.

—¿Puedo usar el baño? —preguntó, señalando la puerta detrás del amable hombre.

—Por supuesto, pase —respondió él, moviéndose para dejarla pasar.

Nova se cambió de ropa con prisa, miró su mano, tenía veinte dólares y debía pensar qué hacer con ellos. Podía comprar algo de comida o podía llamar a Knox y rogarle que la escuchara. No por ella, sino por el bebé. Tal vez, debería tener un poco de orgullo, pero estaba sola.

Con más miedos que deseos, salió del baño. Agradeció al hombre y se retiró del edificio. El sol alumbraba en su máximo esplendor, quemando la piel de Nova mientras caminaba al parque más cercano.

Por un momento, estuvo tentada de ir y buscar a Garrett en el edificio donde vivía, pero al recordar la mirada de aquel hombre que le abrió la puerta, sus intenciones murieron.

Era sábado y a esa hora, los padres acudían con sus hijos a los juegos. Se preguntó si un día tendría esa misma oportunidad, si su bebé iba a sobrevivir a todo lo que estaba por venir. Ni siquiera sabía si ella misma lo conseguiría.

Ser acercó a una heladería para comprarse un helado y tener monedas para poder llamar. Sin embargo, decidirse le llevó varios minutos, hasta que al fin se armó de valor. Caminó hasta un teléfono público y marcó el número de Knox.

El aparato sonó varias veces, pero Knox no atendió la llamada. Lo intentó una, dos, tres veces y no hubo respuesta. Lo intentó una cuarta vez, prometiéndose que no insistía si no contestaba. Para su suerte o para su desgracia, escuchó la voz de Knox al otro lado de la línea.

—Aló

Su voz era ronca, pastosa, como si se hubiese emborrachado.

—Aló —replicó ante el silencio de Nova—. ¡No estoy para sus malditos juegos, si no van a contestar, no molesten! —vociferó con enojo.

—¿Po-podemos vernos? —preguntó ella, sin decir su nombre, no hacía falta, sabía que Knox reconocería su voz y no se equivocó.

—¿Dónde estás? —le preguntó con brusquedad.

—Estoy en el parque Yanaguana Garden at Hemisfair —musitó. Una opresión le aplastaba el pecho cuando un nuevo silencio se instaló en la línea.

Nova esperó lo que le pareció, una eternidad, prendida al teléfono. Tiempo en el que tuvo intenciones de colgar, pero ya había llamado.

—Voy para allá —respondió finalmente y, sin esperar alguna respuesta, colgó.

Nova caminó hasta la banqueta, se abrazó a sí misma y se sentó. Clavó la mirada en el horizonte y dejó escapar un suspiro. Sabía que el embarazo le cambiaría la vida, pero nunca imaginó el caos en el que se convertiría.

Ahora, estaba agotando la última oportunidad con Knox, quizá con algunas horas él haya pensado mejor las cosas y le dejara explicarse. Justificar la mentira de su padre y…

Sus pensamientos fueron rotos cuando la lujosa camioneta de Knox se detuvo en la distancia.

Nova se puso de pie tan pronto como lo vio descender del auto con esa aura arrolladora, se veía tan majestuoso y tan inalcanzable, aun en este momento, seguía pensando en que fue lo que le atrajo de ella. Knox la había elegido por encima de chicas hermosas y millonarias.

Chicas a las que no podría dejar fácilmente por el simple hecho de que pertenecían a su mismo círculo social. Era una triste, pero dolorosa verdad.

—Viniste —murmuró, apenas se le acercó.

La mirada que Knox le dedicó era capaz de competir con el mismísimo ártico.

—Me llamaste —se limitó a decir.

Ella asintió, de repente eran como dos desconocidos. La distancia emocional parecía insalvable.

—Yo…

—Ni siquiera sé por qué estoy aquí —la interrumpió él, acomodándose el cuello de la camisa.

Su aliento era una mezcla del líquido y menta que le hizo arrugar la nariz.

—Estuviste bebiendo —no era una pregunta, pero se arrepintió al mencionarlo.

—Entonces, ¿qué es lo que quieres? —preguntó, ignorando sus palabras.

Nova suspiró.

—Mi padre se ha enterado de mi embarazo y prácticamente hui de casa. No puedo regresar —dijo, sentándose de nuevo en la dura banca de metal—. Abril tampoco puede ayudarme, así que…

—¿Y qué te hace pensar que yo lo haré? —preguntó con crueldad.

—Es tu hijo, Knox —musitó.

Él se tensó como la cuerda de un violín. La sangre le hervía cada vez que escuchaba decirle que el bebé era suyo. Pero no iba a discutir más con ella, no iba a darle ninguna otra oportunidad de mirarle la cara, como lo hizo ayer, no una, sino dos veces.

—Bien, entonces, acompáñame, Nova —pidió. Su tono era tan frío que el corazón de la muchacha casi se congeló.

No había rastro de emoción en el rostro de Knox, como si el hombre de quien ella se enamoró, no existiera.

Un vacío se le abrió en la boca del estómago y sus alarmas se dispararon dentro de su cabeza; aun así, quiso confiar en Knox.

—¿A dónde me llevarás? —preguntó con la voz temblorosa.

—Ya lo verás —respondió con simpleza.

La tomó del brazo y la llevó hasta su camioneta.

—Sube —le ordenó, abriendo la puerta.

Atrapada entre el cuerpo de Knox y el auto, no le quedó más opciones que obedecer.

Él bordeó el auto, caminó con rapidez haciendo notar la tensión y rigidez de sus hombros, subió y le puso seguro a las puertas, como si temiese que ella fuera a lanzarse en cualquier momento.

El silencio del viaje fue roto por Nova, nerviosa, decidió aprovechar el momento. Ninguno de los dos podía escapar estando el auto en marcha.

—Hablemos —pidió.

Las manos de Knox se apretaron sobre el volante hasta perder el color, pero permaneció callado.

—Escúchame, Knox. Hay algo que tienes que saber sobre Garrett —musitó, aferrándose al sillón—. ¡Vas a matarnos! —gritó cuando él aceleró.

—No quiero saber nada de Garrett, ni de ti —gruñó con rabia contenida.

—Tienes que escucharme, por favor —suplicó—. Todo tiene una explicación, te lo juro. Mi padre te ha mentido —agregó con desesperación, siendo ignorada olímpicamente.

Knox tomó la última curva de la carretera, entrando a un área de clínicas. Un nudo se instaló en su garganta y el vacío en su estómago se hizo más grande.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó con terror mientras leía los letreros y se desabrochaba el cinturón de seguridad.

—Baja —ordenó Knox con una frialdad que desgarró el corazón de Nova.

—¡Por favor, respóndeme! —exigió bajando del auto, deteniéndose delante de él.

Knox la tomó del brazo de nuevo, se inclinó sobre su rostro hasta rozar sus narices.

—Te haré un favor —respondió al fin con un brillo mortal en los ojos.

Sin apartar la mirada, sin un ápice de compasión en sus profundos ojos negros, Knox pronunció las palabras que destrozaron a Nova Lexington.

—Te hice una cita para que interrumpas el embarazo, eso es todo lo que puedo hacer por ti…

Ayuda inesperada

Nova miró la hora en su viejo reloj de pulsera; estaba llegando tarde al trabajo. Se sentía cansada, pero no tenía otra opción. Habían pasado cuatro semanas desde la última vez que vio a Knox Ridley luego de dejarla abandonada en la puerta de la clínica para que perdiera a su bebé.

Tenía que admitir que, por un loco momento, la idea la tentó. Si terminaba con el embarazo, podía continuar con su vida, seguir sus estudios y tener mejores oportunidades, pero bastó con poner un pie dentro de la clínica para darse cuenta de que no era capaz de hacerlo.

¡Ella no era una asesina! Y la criatura en su vientre era inocente.

Distraídamente, acarició su vientre de ahora doce semanas. La curva empezaba a marcarse en su desgarbado cuerpo.

Con un sonoro suspiro, cruzó la calle sin darse cuenta de que el semáforo había cambiado de color. Distraída, como había estado durante los últimos días, casi terminó siendo atropellada por un lujoso auto.

El coche no alcanzó a tocarla, pero la impresión la hizo caer. Se sentía tan débil como un bebé. ¿Qué clase de madre sería?

—Señorita, señorita, ¿se encuentra bien? —preguntó el hombre. Un tipo bien presentado de aproximadamente cuarenta y tantos años. Con unos ojos negros como el carbón que inevitablemente le recordaron a Knox Ridley.

—Estoy bien, solo ha sido el susto —respondió, aceptando la ayuda de aquel desconocido.

—¡Estás embarazada! —gritó alarmado.

Nova se mordió el labio y asintió.

—Te llevaré a un hospital —dijo, apartándola de la carretera cuando el claxon de los autos se escuchó.

—No, no es necesario —protestó, la hora se le estaba yendo como agua entre los dedos y no podía darse el lujo de perder ni un solo centavo. Pagar alquiler, luz, gas y comida no era sencillo con su puesto en el restaurante, pese al arduo trabajo que hacía.

En su estado, solo pudo aspirar al puesto de lavaplatos.

—Sé que no nos conocemos, pero por el bien de tu bebé, por favor, acepta que un médico te vea —pidió el hombre.

Seguía siendo un desconocido y ella no estaba interesada en saber nada de él, pero cuando un ligero dolor le atravesó la pelvis, no dudó en aceptar y subió a su auto.

La estadística de personas desaparecidas por irse con personas desconocidas pasó por su mente, pero ya era tarde. El hombre ya conducía y estaba a su merced.

Para su fortuna, no era un delincuente o un asesino en serie. Tal como le prometió, la llevó al hospital. Uno de esos a los que ella ni siquiera podía aspirar a pagar ni en sus mejores sueños.

—¿Es usted familiar de la paciente? —preguntó el médico de turno.

Nova miró al doctor como si al tipo le hubieran salido dos cabezas. ¿De verdad hacía esa pregunta tan estúpida? Solo tenía que verla para saber que no tenían ninguna relación familiar. Mientras el desconocido era fino y elegante como esos actores de televisión, ella era lo más cercano a una pordiosera.

Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no echarse a reír y no de gracia, sino de impotencia.

—Somos amigos —respondió finalmente el hombre.

El doctor elevó una ceja y Nova de nuevo adivinó por dónde iban sus pensamientos.

—¿Es usted el padre de la criatura? —cuestionó el médico. Aunque su tono era profesional, Nova estaba segura de que lo hacía por curiosidad.

—No. Encontré a la joven por casualidad, casi la atropello y quise asegurarme que tanto ella como su bebé, se encuentren bien.

El galeno asintió; si tenía otro comentario, hizo bien en guardárselo. Se limitó a revisar a Nova y, unos minutos más tarde, le extendió una larga receta que jamás iba a comprar.

Se necesitaba dinero y ella no lo tenía.

Una hora más tarde, salió de la clínica con una larga lista de cuidados, medicamentos y vergüenza.

—No era necesario que pagara por todo esto —musitó cuando estuvo dentro del coche —. Ni trabajando día y noche podré pagarle —añadió, señalando la bolsa sobre sus piernas.

—Es que nadie te está cobrando, Nova, ¿verdad?

Ella asintió.

—¿A dónde quieres que te lleve? —preguntó, colocándose el cinturón de seguridad.

Nova no sabía qué responder. Ir al trabajo sería una pérdida de tiempo, no iban a recibirla, sobre todo, porque ni siquiera avisó que no podía llegar. ¿A casa? Tampoco quería estar mucho tiempo encerrada, no hacía otra cosa que pensar en Knox y en su crueldad.

El silencio se hizo denso y extenso durante varios minutos en los que el auto estuvo dando vueltas en círculos por la manzana, hasta que, finalmente, el hombre decidió llevarla a su lugar de trabajo.

—¿A dónde vamos? —preguntó y Nova sintió un déjà vu.

—A comer, te hace falta, muchacha. Estás en los puros huesos —respondió.

Nova podía tomarse esas palabras como un insulto, pero, la realidad, lo que sentía era vergüenza. Ese hombre tenía toda la razón; su aspecto era lamentable.

—Por cierto, me llamo Aiden —dijo, con una ligera sonrisa en los labios que Nova no correspondió.

Sin embargo, encontrarse con Aiden fue lo mejor que le pudo suceder. El hombre le ofreció un trabajo como mesera en su restaurante y un sueldo que le permitía cubrir todos sus gastos y hasta le sobraba para ahorrar, dándole el respiro que tanto necesitaba.

Se recomendó con su trabajo, sus compañeros le tenían consideración debido a su estado y, con cuatro meses de embarazo, finalmente veía una luz al final de aquel oscuro camino.

O es lo que ella creía.

Aquella mañana se preparó para ir al trabajo como todos los días, echó un vistazo a su viejo reloj, iba con tiempo para comprarse el pastel que había visto el día anterior en la vitrina del local que quedaba a unas cuadras del restaurante.

Quizá pediría un té y se sentaría a comer. Era un pequeño antojo, un lujo que hasta hoy podía darse.

Una sonrisa se dibujó en su rostro y, por primera vez, se sintió feliz, con esperanzas. Entonces, no tenía idea de que todo eso que tenía, podía derrumbarse.

Una hora más tarde, Nova llegó a la cocina del restaurante, miró el trozo de pastel que le había comprado a Aiden, su única manera de agradecerle por todo lo que había hecho por ella y sonrió.

—¿El señor Aiden llegó? —preguntó a Luis, uno de sus compañeros.

—Sí, llegó hace unos minutos, pero…

Nova no esperó a que Luis terminara de hablar, caminó por el pasillo hasta subir las escaleras. Tenía toda la buena intención de llamar a la puerta, pero una voz que ella creyó que no volvería a escuchar la congeló en su lugar.

—No quería irme sin decirte lo que está pasando. Sé que las cosas con Axel no están yendo bien, pero Livia es ajena a nuestros roces como familia. Además, todo apunta a que mi madre es la responsable del accidente.

Nova dio un paso atrás y luego otro. Las manos le temblaron con violencia y la pequeña caja con el trozo de pastel terminó estrellándose en el piso.

—Viajaré a Houston, es tu decisión si quieres venir, papá…

Nova se cubrió la boca con las manos para callar el grito que amenazó con salir de su boca mientras su cuerpo se tambaleaba. ¿Aiden era el padre de Knox?

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